El amor a los enemigos

“Yo les digo a ustedes que me escuchan: amen a sus enemigos, hagan el bien a los que los odian, bendigan a los que los maldicen, rueguen por los que los maltratan.

Traten a los demás como quisieran que ellos les traten a ustedes. Porque si ustedes aman a los que los aman, ¿qué mérito tienen? Hasta los malos aman a los que los aman. Y si hacen bien a los que le hacen bien, ¿que gracia tiene?

Amen a sus enemigos, hagan el bien (…) Entonces la recompensa de ustedes será grande y serán hijos del Altísimo, que es bueno con los ingratos y pecadores. Sean compasivos como es compasivo el Padre de ustedes.

No juzguen y no serán juzgados; no condenen y no serán condenados, perdonen y serán perdonados.” Lc 6, 27-41

 

Aquí Jesús nos enseña a amar a nuestros enemigos, es decir, a quienes no les caemos bien, a quienes constantemente nos critican y nos dicen palabras hostiles, o nos miran con mala onda… Ésto puede pasar por varios motivos: quizás sea envidia, celos, rencor, falta de perdón, o quizás vivieron una situación en su pasado que los marcó en su comportamiento y es por eso que actúan así.

 

Parece muy difícil cumplir lo que nos pide Jesús, parece imposible. Porque lo primero que pensamos es: “Uy, pero que mala onda esa persona” y nos enojamos o contestamos bruscamente, nos queremos defender y entramos en un circulo de odio y rencor que no tiene fin. Lo único que corta ese circulo de odio es el amor y el perdón, la misericordia por nuestro hermano y la comprensión.

 

Además debemos recordar que  nosotros somos Templo del Espíritu Santo (porque nuestro cuerpo alberga a Dios, ya que somos sus creaturas, somos sus hijos amados). Por eso debemos tratarnos con delicadeza y cuidarnos. Y así también a nuestros hermanos en Dios, aún a aquellos que tienen un comportamiento hostil hacia nosotros, porque también son ellos son Templos de Dios y albergan al Espíritu Santo en ellos, y como tal debemos tratarlos, viendo a Dios en ellos.

 

Le debemos pedir a Dios  la gracia de ablandar nuestro corazón para poder irradiar Su amor, aún a aquellas personas  y convertir esa situación en una bendición. Debemos rezar por ellos,  que todavía no tuvieron un encuentro profundo con el Señor, que les haga transformar sus corazones y con Su fuerza arrasadora derribe todo odio, resentimiento, actitud defensiva y falta de amor. Nada es imposible para Dios.

 

De esta forma nosotros  conservamos la paz y podemos continuar viviendo para el Señor sin que nos haya perturbado estas actitudes externas. Sabemos que Dios conoce nuestro interior, Él nos conoce y sabe que las falsas acusaciones no son ciertas. Debemos centrarnos en el objetivo de nuestras actividades y de nuestra vida, que es servir al Señor e irradiar Su Amor a todos. Amén.

(Amén quiere decir “que así sea”)

 

Autora: Marilyn

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